A los 45 años, con tres hijos y dos hipotecas, me pusieron de patitas en la calle.
– No hubo epifanía.
– No hubo visión reveladora.
– No hubo un sueño inspirador.
Hubo trabajo, trabajo y trabajo (y mucho miedo en el camino)
Hoy veo mucho post en LinkedIn romantizando el emprendimiento. Fotos con portátiles en cafeterías de diseño y frases de “persigue tu pasión”. La realidad, al menos la mía, fue muy distinta. Fue cruda.
A esa edad parece que el mercado ya te ha descartado, pero te queda media vida por delante.
Los primeros 6 años fueron una auténtica travesía por el desierto.
Seis años de llamar a muchas puertas frías.
– De recibir rechazos constantes.
– De pivotar y adaptar mis servicios hasta dar con la tecla.
– De ver cómo los ahorros de toda una vida se evaporaban mes a mes mientras la ansiedad subía.
Esa etapa fue mi máster acelerado en estoicismo. Entendí a la fuerza a Séneca y Marco Aurelio.
En España, la Tasa de Actividad Emprendedora es solo del 11,2%. Y entiendo perfectamente por qué es tan baja. La soledad del inicio es aplastante y el abismo financiero es real. No es un camino de rosas, es una trinchera.
Han pasado ya 14 años desde aquel despido. Y ME LEVANTO TODOS LOS DIAS DANDOLE GRACIAS A DIOS.
Hoy estoy en una situación fenomenal, defendiendo mis posiciones de consejero independiente y disfrutando de una libertad que antes no tenía. (Pero no se me olvidada que hay que seguir luchando todos los días, como si fuese el primero)
No te voy a mentir ni te voy a vender humo: el camino fue muy, muy complicado. No lo romantizo ni un poco.
Sin embargo, mirándolo con perspectiva, esa patada al vacío fue el catalizador que necesitaba.
Sin ese despido, seguiría «cómodo» en una silla que ya no era mía. A veces, la vida te tiene que empujar al precipicio para que descubras tu verdadera capacidad profesional.
¿Te han empujado alguna vez al vacío o tuviste el valor de saltar tú?


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