2019. Me proponen entrar en el consejo de la empresa líder en las VTC en España que pertenece a un fondo americano.

«Acepto, pero necesito 3 semanas antes de empezar».
Mi respuesta sorprendió a más de uno:
- No me iba de vacaciones.
- Me iba al asfalto.
A mis 53 años, decidí infiltrarme como conductor.
Me inventé un CV más creíble, de alguien que necesitaba ganarse la vida conduciendo. Hice el curso completo y conseguí la acreditación para trabajar como conductor de Uber.
Sin cargos, sin etiquetas, solo yo y el volante.
¿Por qué?
Porque el liderazgo real no se ejerce desde un Excel.
El papel lo aguanta todo. Las celdas de una hoja de cálculo no se quejan. Pero la cuenta de resultados de verdad se juega en las trincheras, no en la sala de juntas.
En esas tres semanas «infiltrado» aprendí más que en cien comités de dirección:
– Vi cómo los tiempos muertos en el taller destrozan la rentabilidad diaria.
– Entendí la fatiga de los turnos mal planificados.
– Sentí cómo ciertos incentivos, lejos de motivar, generaban frustración.
Cuando por fin me senté en mi primera reunión oficial como consejero independiente de la empresa, mi voz tenía un peso diferente. Mi credibilidad no venía de mi currículum, venía de saber exactamente qué tornillo había que apretar.
Para dirigir, primero hay que entender. Y para entender, a veces hay que bajar al barro.
Menos despacho. Más calle.

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